Parador de La Granja
Segovia
13-15 de abril de 2018

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Por Ignacio Gomá Garcés

Durante los días 13, 14 y 15 de abril de 2018, tuvo lugar una nueva edición del programa JUSTICIA Y SOCIEDAD CIVIL de Aspen Institute España, sobre “La Constitución de 1978. Cultura Constitucional”.

A este seminario fueron invitadas reconocidas personalidades del mundo jurídico español. Jueces, catedráticos, abogados, profesores y notarios se reunieron en el Parador de La Granja de Segovia para discutir sobre un tema que, a día de hoy, nos vuelve a importar a todos: la Constitución y la cultura constitucional. Pero ni la acreditada experiencia de los invitados, ni su brillantez, ni los éxitos en la profesión, ni –todavía menos– la fortaleza de sus ideas, bastaban para dar cuenta de la invitación a este encuentro: los invitados habían de someterse a una condición más. Una condición tan simple como compleja: escuchar –pero de verdad– y, por tanto, someter a juicio sus propias convicciones.

Con el buen afán de impulsar un verdadero intercambio de ideas, Aspen Institute España decidió voluntariamente someterse a la Regla de Chatham House de Londres. De acuerdo con ésta, los participantes tienen el derecho de utilizar la información que reciben, pero no pueden atribuir las ideas expresadas en el seminario a ningún participante. De ese modo, se me pidió que relatara lo ahí sucedido, pero sin atribuir ninguna intervención a ningún ponente. De todos modos, los invitados no deben ser los protagonistas del encuentro: es el mismo debate, son las ideas y cuestiones planteadas las que merecen ser recordadas, y que yo vengo aquí a rescatar.

«Si llegamos a una única conclusión, hemos fracasado», dijo un moderador al principio. Como tampoco había de alcanzarse ningún acuerdo, la imposición de la Regla Chatham House, la flexibilidad del debate y la ausencia de toda presión despejaron el camino. Y, así, entre las dieciséis horas del viernes y las diecinueve del sábado, veinte juristas conversaron, pero, sobre todo, escucharon. Aprendieron.

El debate había sido estructurado en cuatro sesiones fundamentales, con los siguientes encabezados: Constituciones, Democracia, Identidad y Cosmopolitismo y, finalmente, Cultura Constitucional. A fin de orientar debidamente aquél, cada una de esas sesiones iba acompañada de seis o más breves lecturas, seleccionadas por un Consejo de Redacción del Programa. Los invitados sabían de antemano sobre qué se hablaría, pero ignoraban qué dirían los demás, quienesquiera que fuesen.

Sesión I. Constituciones.

En la primera lectura, titulada “Los papeles de El Federalista (nº1)”, Alexander Hamilton trasluce sus miedos ante las “opiniones interesadas o ambiciosas” por parte de un grupo de ciudadanos que pretende animar el rechazo a la Constitución de los Estados Unidos. Tal es el miedo, que a lo largo del texto se percibe una prisa por resolver de un plumazo el asunto; una prisa nerviosa que contrasta en gran medida con el carácter reflexivo de aquél. «O aprobamos la Constitución ahora, o nunca», parece decir. ¿Podrán los políticos dejar a un lado sus intereses partidistas en beneficio de la causa común?

«El partido político», lamenta un orador, «es dogmático y, por tanto, intolerante». Se advierte durante el debate que la atrofia de los partidos pudiera traer causa en la Ley Electoral y, en particular, en la elaboración de listas cerradas que permiten la total discrecionalidad en su confección; con el paso de los años, los partidos se han ido erigiendo en estructuras cerradas que, desprovistas de debate interno y constructivo, son incapaces de aportar al debate público y a la causa común como debieran. Así pues, los partidos, instrumentos fundamentales para la participación política (según nuestra Constitución), no logran aunar la voluntad de los ciudadanos en la construcción de la idea –hoy obsoleta– del bien común. Pero ¿en qué consiste exactamente esa idea? Es más, de haberla averiguado, tras vencer nuestras pulsiones internas: ¿cómo expresarla en palabras, si ni con éstas es posible lograr absoluta precisión?

Como advierte uno de los miembros de la mesa, Hamilton no sólo refleja miedo en su artículo, sino también dudas, porque es capaz de advertir que no existe una verdad única, invulnerable al error, que pueda reflejar certeramente la idea del bien común. Lo bueno es que esa misma idea invita a una autoexigencia y una autocrítica virtuosas, hoy insospechadas en un partido político. Tal vez los organizadores escogieran esta lectura como la primera de todas con un propósito encubierto: desvelar ante los invitados la única verdad única: que no hay más verdad única, pero que, aun así, el debate debe seguir.

El número 37 de “El Federalista”, a cargo de James Madison, otro de los Padres Fundadores de los Estados Unidos de América, había de dirigir el debate desde lo abstracto hasta lo concreto: ¿debe entonces reformarse nuestra Constitución? Sobre esto también escribió Stephen Holmes que, en la siguiente lectura de nuestro seminario, en alusión al precompromiso constitucional plantearía la siguiente pregunta: ¿tienen los jóvenes derecho a reformar la Constitución? O, lo que es lo mismo: ¿existe acaso una verdad única, plasmada en la Ley Fundamental, que haya de permanecer incólume ante el paso de los tiempos? Igual que Hamilton, Madison y Holmes, los oradores debatieron si nuestra Constitución sirve para contener todos los cambios que se avecinan y si, además, debemos atar a las generaciones futuras a un pacto social del que puede que no se sientan parte.

Sin embargo, si bien es primordial permitir a las nuevas generaciones labrar su propio contrato social, no lo es menos que su reforma atienda a las razones acertadas, y no a intereses perversos. La cuestión, pues, no estriba en reformar la Constitución, sino en por qué, para qué y cómo reformarla. En otra lectura, Antonio Hernández Gil ponía el acento en lo maravilloso de la propia existencia de la Constitución, más que en su texto. En particular, en el contexto y en los valores y la actitud social que la permitieron. Cabe preguntarse si de esa misma actitud se harían acreedores los partidos políticos de nuestro tiempo.

Cuando uno se hace esa pregunta, es inevitable cuestionarse también cuáles son las razones que impulsan a un partido político, y a sus representantes, a actuar de un modo que muchos consideran –seguramente con buen juicio– poco ejemplar. ¿Son los políticos menos virtuosos por norma? ¿Lo son todos o algunos? De no ser el político, como individuo, el que voluntariamente se guía conforme a objetivos partidistas, ¿no es más cierto que es el sistema el que le empuja inexorablemente a ello? ¿Será que el sistema diseñado conduce, a la larga, a la esclerotización de los partidos, lo que a la postre impide la transparencia, la rendición de cuentas y, en definitiva, la construcción de una democracia de primer nivel, en la que los ciudadanos se sientan fielmente representados? Si fuera así, todos mostraríamos mayor habilidad enjuiciando el sistema, y no a sus actores.

Al respecto, algún orador vino a reconocer que, debido a la atenta vigilancia de la opinión pública, el político, al contrario que el intelectual, no puede permitirse el lujo de la duda. Se agradeció así disfrutar del final del primer debate siendo conocedores de los privilegios de que, por una vez, sí gozamos respecto de los políticos: eran las seis de la tarde y podíamos reconocer abiertamente que ya dudábamos mucho más que a las cuatro. ¿Lograrán los partidos estar a la altura, si el momento finalmente les alcanza?

Sesión II. Democracia.

Sobre las siete comenzó el segundo debate, no menos crucial, con una discusión sobre la tolerancia, con ocasión de un texto de Voltaire. Todos celebran que la tolerancia haya recobrado un papel importante en nuestra sociedad, pues hasta hace poco apenas se le otorgaba valor de virtud.

No entendida como una renuncia a las ideas y los principios de uno, sino como la capacidad de ponerse en el lugar del otro y aceptar su postura, el enemigo directo y antónimo de la tolerancia es el sectarismo. Pero ¿debe el tolerante expresar tolerancia hacia el sectario? ¿Hemos de tolerar a quien no tolera nuestro pacto constitucional?

Precisamente Voltaire hablaba, no tanto de la tolerancia, sino de la intolerancia y, en particular, de la rabia a la que conduce. Discrepar está permitido y hasta resulta deseable, pero no debe el demócrata permitirse más deslices en su proceder ante los desacuerdos con los otros, pues sólo si se persigue la idea de la tolerancia se persigue la idea de la democracia liberal. «La Constitución protege también a quienes la niegan», sentenció el Tribunal Constitucional en 2007.

Afirma un orador, ahora en relación con la lectura de Thomas Mann (“La próxima victoria de la democracia”), que, mientras que tal vez podamos considerar que el hombre tienda hacia la tolerancia, no podemos confiar en que se comporte de manera verdaderamente solidaria, y es por ello que se justifica la intervención del Estado. Un Estado de Derecho que ha de ser inclusivo y que ha de fomentar la solidaridad y la igualdad entre sus ciudadanos; podemos discutir si debe tratarse de una igualdad de oportunidades o de resultados, pero, sin al menos la intención de garantizar una de ellas, la democracia no existe.

Y, sin embargo, no resulta difícil admitir que, en el contexto actual en el que nos encontramos, el de una Europa acomodada que muestra reservas a defender con ahínco la democracia, están surgiendo movimientos manifiestamente antiliberales e intolerantes que amenazan lo más básico de nuestra convivencia. En el año 1938, un año antes del estallido de la Segunda Guerra Mundial (que él celebraría sólo hasta que, en 1940, se exiliara a los Estados Unidos), Mann creyó haber dado con la causa del gran problema de su tiempo, que reflejó con dolor en una frase: «Fuimos lo bastante estúpidos como para confiar en la habilidad [de los políticos] para proteger nuestros más altos intereses».

Así, y enlazando con la primera sesión del debate, un orador viene a puntualizar que, pese a que es indudable que se ha producido un progresivo aumento de nuestro bienestar social, la crisis financiera, política y moral en la que nos encontramos demuestra que es preciso abordar un proceso de reflexión sobre los incentivos ante los que responden los agentes políticos, así como sobre el papel que queremos que éstos desempeñen para la sociedad.

Al fin y al cabo, son los políticos los llamados a canalizar las demandas de la sociedad. Pero no debemos olvidar que, si los ciudadanos no perciben que la democracia incrementa su bienestar, un día muy bien pudieran renunciar a ella. Adelantémonos, pues, al problema y reformemos la democracia desde el consenso, la tolerancia y la democracia, antes de que otros lo hagan prescindiendo de todos ellos.

Sesión III. Identidad y cosmopolitismo.

¿Cómo se construye una identidad en una comunidad tan diversa y plural? ¿Sólo con tolerancia? Así comenzaría el debate a primera hora del sábado. Esta nueva sesión, “Identidad y cosmopolitismo” (dividida, de hecho, en dos partes), ocuparía toda nuestra mañana. Abriría el debate una lectura de Kant, nada menos: “Ideas para una historia universal en clave cosmopolita”. Escrita en 1784, es de una actualidad y un profetismo sobrecogedores. Kant vaticina la creación de un «macro-cuerpo político» que ya entonces comenzaba a despertar: «un estado cosmopolita universal en cuyo seno se desarrollen todas las disposiciones originarias de la especie humana».

Como señala uno de los primeros oradores, la construcción de la Unión Europea tuvo lugar en un momento extraño, porque coincidieron intereses y valores. Efectivamente, fue aquél un momento en el que, pese a las circunstancias –tal vez gracias a ellas–, se logró un grado de consenso impensable y un trasfondo ético enorme, como demuestra el incuestionable éxito de su modelo.

La Unión Europea nos ha proporcionado un marco de paz, seguridad, tolerancia, libertades y derechos fundamentales y un abanico incalculable de oportunidades. Algunos incluso aseguran que, durante su existencia, hemos logrado construir el mejor momento de la historia europea. Pero ¿cuál es el siguiente paso, si es que lo hay? ¿Cómo se defenderían los europeos si sus enemigos surgiesen dentro de la propia Unión?

Aunque sin duda vivimos en un mundo próspero, también lo suficientemente complejo, líquido e incierto como para no caer en la trampa de la complacencia. Igual que la Unión Europea, la Constitución Española se forjó en una situación delicada, bajo la amenaza de un futuro gris que nos aguardaba a la vuelta de la esquina. De la misma forma, se logró gracias a la generosidad y la altura de miras de unos pocos. Pero todavía existen dos elementos más compartidos por la Unión Europea y nuestra Constitución: ambas están siendo cuestionadas actualmente y sobre ambas pesa una nueva amenaza, la de los populismos.

Una vez, hace casi cuatrocientos años, un filósofo francés llamado Blaise Pascal dijo: «El corazón tiene razones que la razón ignora». Esta frase, en clave política, no pierde sabiduría. La lucha entre las ideas y las normas, esto es, el racionalismo; y los sentimientos, el irracionalismo, permanece hoy prácticamente intacta. El debate entre la razón y la emoción sigue su curso y no existe relato ganador que pueda permitirse el lujo de prescindir del sentimiento y, basándose exclusivamente en la razón, lograr éxito.

No hay más que ver cómo, en el discurso público de la mayoría de los países democráticos, los discursos de agravio se han normalizado, lo cual desde luego no favorece la convivencia. Diversas formas de populismo han ido abriéndose camino en el mundo con discursos sentimentales que encubrían la construcción de una identidad, a veces excluyente. La actual crisis catalana bien lo ilustra. En el plano internacional, Donald Trump y el brexit son ejemplos de un populismo que apeló exitosamente a las emociones como instrumento para alcanzar el poder. Y es que, en efecto, el populismo es, por encima de todo, una metodología, una forma de alcanzar objetivos. ¿Cómo debe entonces defenderse la democracia del populismo? ¿De qué manera apelar a la emoción y a la identidad?

Tal vez, después de todo, no sea la identidad lo que haya de unir a los europeos del futuro. «La tarea pendiente ya no es ampliar la esfera de la libertad conquistada, sino educar su uso», escribía Javier Gomá. Y es que la libertad sin responsabilidad pronto se traduce en egoísmo, en alienación. Por tanto, nuestra misión ahora, como decía recientemente David Brooks, es «salvar al liberalismo de sí mismo». Sólo salvando a la libertad de sí misma evitaremos que perezca en manos del populismo.

Sesión IV. Cultura Constitucional.

¿Cómo educar, pues, en el uso de la libertad? Hay quien dice que, cuando alguien rompe un vínculo cualquiera, es porque no ha encontrado suficientes razones para seguir adelante. De ser así, ¿cuándo puede uno sentir que no merece la pena seguir luchando por nuestra Constitución? Cuando olvide lo que significa.

Unos conocidos historiadores franceses se refieren a los jóvenes galos como a los «desmemoriados». Lamentan que éstos hayan olvidado su historia, su cultura, su origen y, por tanto, hasta quiénes son. Debemos evitarlo a toda costa. Educar a los ciudadanos a vivir en libertad no es sino difundir los valores que propugna nuestra norma suprema, la Constitución, y ésta es una función importante –sino la que más– para seguir progresando.

Sin embargo, la sociedad, por su naturaleza cambiante y su realidad efímera, antes o después se conduce hacia su propio hastío y descontento. Uno de los textos seleccionados, de Natalia Ginzburg, nos brindó con brillantez un relato sobre la complejidad de la vida pública: «La inocencia y la culpa muchas veces están mezcladas y enmarañadas en nudos tan apretados que el ser humano, con su medidor inadecuado y tosco y con sus pobres pensamientos, no está en condiciones de desenredar». Aseguraba, de hecho, que ésa era precisamente la causa de nuestra infelicidad: la conciencia de nuestra incapacidad para identificar y rastrear la verdad.

Pero lo anterior no significa que debamos renunciar a su búsqueda y resignarnos así a la dictadura del relativismo y del individualismo. La Constitución, desde luego, ni refleja la verdad suprema ni delimita la moral universal; no es sino el reflejo de una sociedad en un momento concreto y, en particular, del instrumento a través del cual esa sociedad pretende resolver los problemas que la acechan. Siendo ésta su función, la Constitución no debe alienarse de los ciudadanos, sino que, al contrario, debe seguir siéndoles de utilidad de la única manera posible: a través del conocimiento, del recuerdo, de la cultura.

La cultura constitucional, por su parte, es el caldo de cultivo de la Constitución. Así como sin Constitución no existe cultura constitucional, sin cultura constitucional la Constitución también se marchita. ¿Cómo evitar, pues, crear ciudadanos «desmemoriados»? Mediante la consecución de tres objetivos fundamentales: la permanencia de la legitimidad democrática y la obligación, por tanto, de que la minoría respete a la mayoría y que lo haga porque se sepa incluida; la celebración de elecciones limpias y periódicas; y el mantenimiento de los tres diálogos de la democracia: entre el Gobierno y la oposición, entre las mayorías y las minorías y entre el centro y la periferia.

Educar a los jóvenes en los valores de la Constitución y, por encima de todo, evidenciar lo que significa vivir sin ellos es una tarea pendiente, pero, sobre todo, urgente. Y es que sólo la llamada “atadura constitucional” evitará que la sociedad, fruto de su desesperación pasajera, se deje arrastrar por los cantos de sirena y termine cambiando el orden establecido por otro peor, condenando así a una generación entera.

Por Ignacio Gomá Garcés.